No tengo acento. Ni de lugar, ni de emoción. Soy muy rara?
No tengo acento. Ni de lugar, ni de emoción. Soy muy rara?
Acá viene un textito autobiográfico, sacá la silla: traigo verdades!
A veces me pregunto, ¿soy tan rara? Hay opiniones divididas...
Es uno de esos pensamientos que me invaden en las entrelíneas del día a día.
Las personas que me tienen cerca, en cualquier tipo de vínculo: amistad, amor, cuidado o pasión, me ven intensa. Me creen entera. Y capaz que es así nomás. Yo doy todo. Doy mi tiempo, mi mirada, mi cariño, mi atención, mi amor, mi toque. Me doy.
Quienes están en una relación conmigo ya sea de amistad o amorosa, amor fraternal o amor Eros, saben que estoy hecha de amor de los pies a la cabeza.
Soy cuidadosa, atenta, presente. Me ven como alguien que ama demasiado. Pero
nadie imagina cuánto pienso antes de permitirme amar. Antes de entregarme,
existe la resistencia.
Ese examen silencioso: ¿vale la pena? ¿Esta persona se merece lo más valioso
que tengo? ¿Mi cariño? ¿Mi tiempo? ¿Mi paz? ¿Mi fe?
La verdad es que, una vez que decido estar, estoy! Y cuando estoy, estoy por entero. Mil por ciento. Cuerpo, mente, corazón, alma, piel. TODO.
Y aunque no reciba la atención que creo merecer, sigo ahí. Me quedo. A veces, digo algo por acá o por allá, que suena a queja, pero no lo es. Es aviso. Es señal. Es cuidado. Es el mantenimiento del vínculo, que llega en forma de advertencia.
Es como si dijera: “Che, todavía quiero estar acá, pero no lo sé hasta cuándo puedo pelear sola”.
Y peleo. Peleo. Porque creo en lo que elijo. Porque si no defendemos lo que sentimos, lo que creemos, algo se muere un poquito por dentro, ¿no?
Pero acá viene una parte que quizá pocos entiendan: no soy de extrañar. No en el sentido tradicional. Ni siquiera a mi mamá, que fue el amor más sólido de mi vida hasta que nació mi hijo. Y capaz que sueña duro. Pero es real.
Creo que tiene que ver con mi historia nómade: ciudades, países, despedidas. Siempre fui medio extranjera, incluso dentro mío.
Mi mejor amiga me llama nómada desde siempre. Tengo eso de irme, pero nunca sin dejar una parte mía. Y sigo acá. Pensando en lo que pienso. Comiendo chocolate, tomando café y ahogándome en reflexiones que me salvan.
Analizando, como ser pensante que soy y que no para de pensar.
“No tengo acento. Ni de lugar, ni de emoción.”
Justo por eso, mi mejor amiga me llama nómada desde que tenemos memoria. Y tiene sentido. Nos mudamos mucho, de casa, de ciudad, de vida. Crecí sin un piso fijo, sin un lugar para fijar una bandera. Capaz que por eso no tengo acento. O mejor dicho, no tengo acento de ningún lado, salvo cuando digo “churrasco”, ahí sí, soy carioca hasta el alma.
Lo curioso es que la gente de Río jura que perdí el acento. Y quienes no son de allá, apuestan que soy de ahí apenas me escuchan. Pero la verdad es que no soy de ningún lado. O de todos. (Yo me inclino más por esta última). Soy cosmopolita desde niña.
Capaz que por eso tampoco extraño. Ni a mi madre, que siempre fue mi figura más central, ni a mis amigas, ni al amor. Eso sorprende a quienes me aman. Sorprende a quienes creen que extrañar es prueba de amor.
Pero conmigo es distinto. Fui criada así. Mi mamá me enseñó a soltar, a seguir, a irme, a continuar (siempre con mucha dignidad) y, lo más importante, a no mirar para atrás. ¿Te imaginás quedarme convertida en estatua de sal?
Me enseñó a amar incluso lejos, en silencio, sin contacto. Puedo estar en pareja a distancia. Puedo pasar meses sin ver a nadie. Y está todo bien.
No me mueve la ausencia. Me mueve la presencia. Cuanto más tengo, más amo. Cuanto más cerca, más quiero. Más me importa. Más estoy para esa persona o esas personas. Pero cuanto menos veo, menos siento. Menos amo. Menos me apego. Menos me quedo. Y sí, es raro, lo sé. Mi madre dice que soy rara por eso. Mi novio también. Pero dejo de amar cuando no hay presencia constante.
Medio contradictorio, ¿no? Porque no extraño y puedo pasar meses, años sin ver a mis seres queridos. Pero ojo: presencia no siempre es física. ¡Anotá esta! Presencia es querer estar, interesarse, escuchar, ser presente en lo más profundo que esa palabra te puede dar de vida.
Puedo ser rara, distinta, poco común (y me encanta eso de mi) pero falsa, jamás. Yo aviso. Yo señalo. Levanto cartelitos. Comunico. Cuando algo me duele, cuando algo me aleja, cuando empiezo a sentir que me estoy yendo aunque todavía esté ahí, lo digo.
Y es ahí, en las entrelíneas de la despedida, donde curiosamente aparece la nostalgia. Cuando ya no quiero estar. Cuando me estoy despidiendo por dentro aunque por fuera siga sonriendo. Para mí, extrañar es un síntoma del final. Un eco de la ausencia que se viene.C
apaz que por eso me agarra tanta necesidad de escribir en esos momentos. Porque escribir es la forma que encontré de quedarme. De dejar huellas.
Y porque, para mí, las personas son como canciones. Tengo hasta un texto sobre eso, no lo sé si ya lo publiqué. Y también son como textos: algunas te tocan, te atraviesan. Otras pasan de largo.
Y mis textos... bueno, no los escribo para todo el mundo. Los escribo para quienes se identifiquen. Capaz que hay más “raros” como yo dando vueltas. Quiero conocerlos a todos ustedes!!!
Esta soy yo. Y esto es todo lo que puedo revelar por ahora...
Xoxo Swetties,
R. G.
Comentários
Postar um comentário